El 22 de enero de 1516 Fernando II de Aragón, V de Castilla y III de Nápoles, también llamado El Católico, viajaba de Plasencia al Monasterio de Guadalupe, donde tenía previsto proveer el cargo de comendador de Calatrava, que se encontraba vacante.

 

Su salud se había deteriorado en los últimos meses. Enfermo de gota y del corazón, y tan desfigurado por las pústulas y la hinchazón que resultaba difícilmente reconocible, durante el viaje comenzó a sentirse indispuesto y decidió parar y buscar refugio en la localidad cacereña de Madrigalejo. Concretamente en la llamada casa de Santa María, propiedad de los monjes en Madrigalejo. Según el cronista de la época Lorenzo Galíndez de Carvajal, al Rey “se le cayó la quijada”. El Monarca, que tenía en aquel momento 63 años de edad, sentía que la vida se le escapaba y pidió confesión y recibió la extremaunción.

 

Pero fue más allá y en ese momento, postrado en la casa de Santa María de Madrigalejo llamó a su tesorero y a sus relatores con el objetivo de modificar su testamento por última vez. Una decisión que ha marcado la historia de nuestro país en estos 5 siglos.

 

Y es que Fernando el Católico decidió nombrar a su hija Juana heredera universal de todas sus posesiones. Juana, que había heredado de su madre la corona de Castilla, recibía así de manos de su padre las coronas de Aragón y de Navarra. Esa herencia pasaría a manos de su hijo Carlos debido a los problemas de salud de Juana.

 

Esto, en la práctica, suponía que por primera vez todo el territorio de la Península Ibérica se agrupaba en una misma corona. Con la firma de aquel testamento nacía España. Horas después Fernando el Católico fallecía en Madrigalejo. Muere el Rey y nace España.